¿Sos sommelier?
—¿Sos sommelier?
—No, pero podría serlo.
A los 27 años ya llevaba muchos años de mi vida recorriendo tribunales. Abogada a los 24, estudio propio desde los 25. Y ya estaba agobiada.
¿Esto es lo que voy a hacer toda mi vida?
Graduación Facultad de Derecho - Universidad de Buenos Aires
En terapia pasé por varias ideas: profesora de yoga, diseñadora de interiores (todavía recuerdo lo imposible que me parecía quedarme hasta altas horas haciendo maquetas). Sin embargo, ser sommelier nunca estuvo en mi radar.
El vino apareció casi sin avisar. De a poco, colándose en mi historia sin que yo me diera cuenta.
Quizás fueron los viajes a Mendoza —por trabajo, a Tribunales—. Después de horas intensas entre expedientes plagados de pulgas de papel, necesitaba cortar con tanta cosa jurídica. Empecé a encontrar en las visitas a bodegas un nuevo placer.
Mi primera vez en una cava subterránea (Nótese el look abogada) - Año 2017, Bodegas CARO
La primera que visité fue Bodegas CARO. Me recibió Emilie —no conozco su apellido ni su paradero—. Estábamos solas, un jueves a las cinco de la tarde. Fue una oportunidad hermosa para hablar de esta profesión.
Yo, maravillada, pensaba: ¿realmente es posible vivir del vino?
Volví a Buenos Aires y a la neurosis de la capital. Seguía en crisis. Pero nunca imaginé que una cena iba a cambiar mi manera de ver las cosas.
No recuerdo bien la fecha; nunca se me dieron bien los calendarios. Con quien hoy es mi marido salíamos mucho a comer. Nos daba mucha fiaca cocinar cuando éramos jóvenes.
Íbamos seguido a Musetta, un pequeño restaurante en una esquina de Almagro. Siempre nos atendía Juan (si me lee, le mando un fuerte abrazo). Elegíamos el menú del día —vagos hasta para elegir— y, entre las dos opciones, siempre íbamos por la que más nos llamaba la atención. Hasta que llegó una mala noticia.
Una vieja foto de la fachada de Musetta Café
—No hay más saltimbocca, solo queda la pasta con ragú. ¿Te parece?
—Sí, pero cambiame el Malbec por la Bonarda. ¿Te queda?
—Sí. ¿Vos sos sommelier?—No, pero podría serlo.
Esa noche no pude dormir. ¿Qué hace una sommelier? ¿De qué vive? ¿Voy a dejar el derecho por esto? ¿Cuánto vino hay que tomar para ser una buena profesional? ¿Y en serio voy a sumar otra palabra más para deletrear en mi vida?
(Friendly reminder: me llamo Michelle).
No tenía idea de qué se estudiaba ni dónde. Solo quedaba averiguar.
El programa de la Escuela Argentina de Sommeliers me calzaba como un guante ¿Geografía vitivinícola? Siempre la amé en el colegio; mi diploma del secundario me lo entregaron mis dos profes de geografía.
¿Maridaje? Amo comer y beber rico.
¿Servicio? Amo ser anfitriona; llevo una Mónica Geller dentro de mí.
¿Evaluación sensorial del vino? No se diga más.
La posibilidad de empezar una nueva profesión se abrió frente a mis ojos y, en 2019, hice el curso de ingreso. Poco sabía entonces todo lo que implicaba construir esta nueva faceta.
Con el tiempo, todo empezó a tener sentido. El vino había estado siempre: en la mesa de las cenas de mi infancia, en los sodeados de mis papás, en mi primera borrachera con New Age, en el espumante que tomé de joven mientras mis amigos se aferraban a una dudosa coctelería.
Geografía de una sommelier es eso: buscar en los territorios que fui descubriendo, en los litros de vino que pasaron por mi paladar, en el acto de presencia cada vez que me detuve frente a una copa, una taza de café o un sorbo de aceite de oliva.
También aparecen como norte mi melomanía, mi pulsión por la lectura, mi cultura noventera y, sobre todo, el estudio. Spoiler: estudié mucho más intensamente para esto que para derecho. Pero ya habrá tiempo para eso.
Quizás te estés preguntando, ¿Cuál fue ese vino que cambió la vida de esta abogada devenida en profesional del vino?
Uno que se consigue en todos lados: Altosur Bonarda, de Finca Sophenia.
Quizás, a ustedes también les revele verdades.
Mientras escribí esto sonó la playlist “This is Sam Smith” -